domingo, 13 de diciembre de 2009

Llueve sobre la Avenida Juan B. Justo

Llueve sobre la Juan B. Justo


Voy al frente en la embarcación.

Junto a mí, un capitán huraño

escucha cualquier radio que le devuelva canciones de amor.

Sobre el lomo de una ballena

que recorremos sin prisa

vemos las luces cambiantes.

Los peces pequeños

esperan en cardumen motorizado.

Los peces grandes rujen y bufan cuando detienen su cara ancha

o cuando pasa algo parecido a las curvas de una mujer.

jueves, 28 de agosto de 2008

Un umbral




REDUNDANCIA es que mientras duerme al lado tuyo también está en tu sueño; y que aunque vos abrís los ojos, allí sigue estando. El contorno de su sonrisa se dibuja sobre la almohada; no responde: sigue en tu sueño, la dejaste sola en él. Más tarde va a relatarte lo que siguió ocurriendo cuando te fuiste y como una criatura atenta creerás cada palabra: En ella las palabras se deslizan como el agua; en ella las palabras huelen a sueños, a las almohadas de los sueños, al mar de un sueño. Pensando en todo eso te perdés detalles de un relato que no volverá a repetirse. Porque los sueños se cuentan, en realidad, una vez sola, cuando todavía se está en ese umbral, con un pie adentro y otro afuera.

12/5/08

martes, 5 de agosto de 2008

Adiós, Lía C.




Pensaba que ella era exótica y ardiente. Hasta que un día la vio demasiado parecida a un camión con acoplado al que le faltaban las ruedas traseras.






viernes, 4 de julio de 2008

Sobre viajes y encuentros






para quienes hayan participado de las
Jornadas Cuadernísticas (enero-febrero `08);
aunque especialmente
para Marina Llanes y Julieta Ledesma





Sola entre media docena de tipos. Solamente veinte minutos lleva adquirir / condimentar / devorar algún alimento en la esquina de 25 de Mayo frente a la estación del tren. En la barra las bebidas compiten entre sí a ver cuál se calienta más rápido, mientras los demás y yo —sin mirarnos, por supuesto— masticamos ausentes, acodados unos junto a otros.

Como un adoquín aderezado, el sabroso y repugnante bolo alimenticio se me estampa contra alguna entraña. Reprimo un eructo / pago / guardo el vuelto, y los pies otra vez a volar, a correr contra el tiempo: se derrama la gente por las escaleras del túnel, y en apenas dos minutos emerjo arrastrando esta batalla campal en el esófago. Incrustación-de-molinete-en-bajovientre e inmediatamente menjunje de seres humanos dorándose pacientes en el andén. De pronto, timbre y señora y chicos frenéticos y el furgón engulléndonos despacito: Permiso, señora, disculpe. Despliegue de pares de ojos, de rodados, de rincones oscurísimos, de panzas contradictorias —vacías y pesadas, dormidas y en movimiento, haraganas y trabajadoras—. Che, flaco, me corrés el carro. Sí, amigo, pero dónde querés que me lo meta.

Morón.

Haedo.

Ramos.

Ciudadela.

Ciudadela. Ciudadela… Tradicional ritual del colapso y hastío popular que huele a eternidad, tras detenerse el tren cinco minutos sin motivo evidente.

Liniers.

El vagón nos vomita afiebrado mientras un gordo empujando su bicicleta protesta por los cinco minutos perdidos, por los veinte minutos que llevó Morón-Liniers y Tebeáylarreputamadrequeterremilparió.

José León Suárez y Rivadavia.

Toldos condimentados, nostálgicas sopas de maní, esquinas fermentando gente de paso, y todas las almas con destinos como agujas: cada minuto contadísimo. ¡Centenares de partidas y de regresos por hora!

Dos cuadras antes de Tuyutí, me empalago de sol: es demasiado sol para una sola calle. Mis ojos se arrugan como si estuvieran aunando fuerzas para saltar, para huir.

Edificio. Subo. Busco la fila. Hago la fila. Más minutos, muchos minutos —la fila entera desistió de contarlos—. Por fin: ventanilla donde apenas caben las dos bocas anónimas / buenas tardes señor vengo a iniciar el trámite de / sí señor tengo la constancia / sí dos fotos y el ticket del timbrado/ ¿que aguarde aquí? / bueno… ¿cuál ventanilla? / gracias señor buenas tardes señor.

Allí voy. Buenas tard… sí dos constancias y el ticket de la foto eh… digo la foto del timbrado / disculpe señ... buenas tardes / ¿Que me falta qué? ¿Que regrese cuán..? ¿¿¿Y que sale cuánto??? no podrá ser que... / DISCULPE. NO, NO PODRÁ SER. BUENAS TARDES, SEÑORITA.

Me escupió el edificio.

Fue mucho en tan pocos minutos.

La vuelta es milagrosamente apacible: un asiento me abraza, y el placer es infinito. Se sienta a mi lado una chica que saca su cuaderno y escribe:

La ciudad en estado de ebullición

sin bullir

se desploma sin caerse,

grita sin hacer ruido,

come sin alimentarse,

gira sin moverse,

pierde el tiempo al usar su tiempo

en perderlo todo.

Yo justo iba a hablarle, pero se bajó en Haedo.

La chica guarda su cuaderno y camina. La pierdo de vista, pero no tanto. Imagino que tiene calor y bastante hambre, y que por razones de supervivencia habrá dejado su cabeza en el cuaderno, en las líneas inconclusas. Hoy debe haber trabajado más de ocho horas. Y quizás, en algún momento del día, pensó que en dos meses se quedará sin trabajo, y se puso triste.

Su cabeza en ese cuaderno descansa, dormita, sueña.

En el cuaderno, lo sospecho, acechan frases terribles, tiernas malas palabras, verborragia de proyectos y un apasionado desinterés por el interés.

Su cuaderno: un pequeño catre para dormir una siestita de veinte minutos despatarradamente, o para amarse un rato tan eterno como breve, o para tirarse ahí nomás en algún recreíto que pueda robársele al conurbano.

Para quien guste de quebrarse la garganta con una verdad simple.

Para quien se embriague con la idea de dar la vida por algunos minutos de creación de algo nuevo

algo que des-solidifique

desmembre

des-silencie

desmienta, desmitifique, descubra

cubra, descubra de nuevo

descomprima, desahogue

destartale

desmorone,

algo que

derribe

de

un

soslayo, que

destruya.

algo desubicante.

desinflamante

convulsionante

inflamante

aliviante

destripante, desgarrante, diseccionante

y desparalizante;

descomplejizante

descontracturante

desmetafisicante, despelotudizante

descontaminante

algo escrito o tocado o cantado o vivido con la propia sangre.

Seguramente la chica se sacará las zapatillas al llegar. Se cebará unos tererés y le convidará a la vecina de al lado, acaso una vieja de no mucha conversa pero que siempre la espera: algún bizcochuelo o pancito con mermelada; de hecho, ya habrá sacado un par de reposeras al verla llegar.

Las dos son tan hermosas: siempre queriendo compartirse algo.

María Florencia Marchita

(Seudónimo)

El visor


El visor

Por su tamaño de tarjeta de crédito, se adhiere fácil a la frente: sólo hay que quitar el papelito blanco para dejar el adhesivo al descubierto. Una vez colocado, debe dejarse reposar algunos días. Y, antes de que transcurra una semana, empieza a funcionar: mientras el usuario se duerme, en ese breve cuadrángulo —a modo de pantallita— se visualizan los sueños que transcurren por su magín.




Había un tipo sentado en el piso, las piernas flexionadas. Sostenía un cigarro y se mordisqueaba el labio inferior. Junto a él, otro en posición similar dormía de a ratos. Era un flaco que soñaba con un árbol volador y cantor. Ese sueño se le leía en la frente. La gente lo miraba y decía: “Mirá: sueña con un tilo en otoño que salió volando mientras cantaba una zamba triste”.

Cuando yo me quedé dormida, también me dejé ver.
Mi sueño fue el mismo que el de la otra vez: ese hilo púrpura yendo desde tu frente hasta mi cuello, tan largo como nuestra maldita distancia.

Es ficción



ahora.......
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada
(Alejandra Pizarnik)



A un lado los párpados intentando dar cierre a la jornada, a un lado el lector premeditado, a un lado el subterráneo de todos los pensamientos. A un lado el privilegio de la duda frente al abrazo: hoy no habrá oscuridades ni primeras personas en el recuerdo. Hoy es el festejo. Celebridades desconocidas van llegando y nadie pregunta, nadie quiere saber aniversariodequé ni por qué tanta luz. Ni siquiera ellas, con sus rostros lavados y muecas cercanas: son hijas de nadie, las han dejado una vez y aquí se han quedado. Vienen siempre y van siempre a la búsqueda. No dan tregua ni margen; a los festejos le añaden su candidez y su deseo de suicidar el miedo.

Ellas no pretenden nada: ese es su único mérito. No mueren de pena porque nadie las recuerde con regularidad; a algunas les conviene hamacarse infinitamente. Amar rodeadas de juegos cadenciosos.

No se hacen transfusiones con las palabras. No juegan con esos límites difusos del sentido en el poema. No viven sobre el poema. No se fustigan unas a otras con los poemas. No pagan ningún precio; claro: son fantasmas.

En cambio hoy. Los párpados. Aquél brazo saliente del pecho; la dolorosa regeneración: con tres versos sobrevienen brazos y muslos y pechos amputados, y nunca termina nunca termina nunca termina. Estos cuerpos se desmembran entre sí pacientemente; de fondo la música del canibalismo desesperado. Descarnadas, se arrancan alaridos de silencio.

Pero los ojos siempre quedan, pueden ver a los cuerpos despedazándose, partiéndose, desrostrizándose, rompiendo piel furiosamente en calma. Los ojos siempre quedan.

Este transcurrir, estas odas, son caricias invisibles e impunes. Por qué no se podrá saltar, obviar cierto transcurrir. Por qué regenerarse siempre duele en las rosas y en las uñas. Por qué las uñas no se cansan de arrancar. Por qué nos desespera morir cada vez.

Hacen equilibrio en la delgada fibra del sentido y del amor; ebrias trepando sin caer solo por azar. Solo por el azar no caemos, por el azar y por el deseo de mañana. Dicen ellas: deseamos estar mañana otra vez frente a frente arrancándonos el aire y las vísceras, comiéndonos las manos los pies las orejas los labios. Si no fuera por mañana suicidaríamos el miedo indecible hoy; a un lado los subterráneos de los párpados y de las venas. Si no fuera por mañana nos tragaríamos enteras hoy; llamando al nombre por el nombre, a la canción por la canción, al miedo por el miedo, al beso por el aire.


3-4-08